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7 de septiembre de 2017 15:27

La bocina se lleva sus secretos

Jorge Miñarcaja es el último bocinero de la comunidad andina La Moya, en Chimborazo. Foto: Cristina Márquez / ÚN

Jorge Miñarcaja es el último bocinero de la comunidad andina La Moya, en Chimborazo. Foto: Cristina Márquez / ÚN

Cristina Márquez
(F-Contenido Intercultural)

El sonido fuerte y armonioso de las bocinas y churos se escucha cada vez que se inicia una fiesta o un ritual en las comunidades indígenas de Chimborazo.

El sistema de codificación de mensajes con sonidos, que antaño era el uso principal de la bocina, es un conocimiento que muere con los más ancianos.
Según la cosmovisión andina, el sonido de la bocina permite iniciar una comunicación directa entre los hombres y las deidades, por lo que no puede faltar en los eventos importantes.

Pero por el amplio espectro de sonido también llegó a convertirse en el único medio de comunicación a larga distancia. En la antigüedad la bocina sonaba para informar de la llegada de alguien ajeno a la comunidad, para alertar de peligros, para informar el inicio de una cacería...

Cada mensaje se transmitía con un tono de sonido distinto, que hoy solo los mayores y los bocineros conocen. “Es un conocimiento difícil de rescatar”, se lamenta José Parco, director de la Unidad de Interculturalidad del Municipio de Riobamba e hijo de uno de los últimos bocineros de Puchi Guallavín.

Según él, ese complejo sistema con el que se codificaban los mensajes no ha podido heredarse por varios factores. La falta de materiales para fabricar las bocinas es una de las razones principales.

La madera de pumamaqui, un arbusto que antes se encontraba en el páramo, se usaba para construir la parte central del instrumento y la boquilla. Pero desapareció con el avance de la frontera agrícola.

“Es prohibido cortar esa madera, y ya no hay lugares donde conseguirla. Se reemplazaron los materiales por otros modernos, pero el sonido no es igual, por lo que los mensajes ya no tendrían sentido”, afirma Parco.

Otra razón es el celo con el que cada familia cuidó de esos conocimientos. Es que los mensajes que se transmitían incluso podían ser privados y descifrados solo por los miembros de esa familia, así que no todos tenían acceso al código.

Se trata de una marca tan particular, que incluso varía en cada comunidad, y es diferente en cada bocinero.

En el levantamiento indígena de los 90, los comuneros lograban transmitir su ubicación e identificarse por los tonos diferentes de cada bocina.