En Las Aulas
12 de abril de 2017 12:43

‘Yo aprendí en los libros de Bruño’

La educación lasallana tiene una gran tradición en el país y el mundo. Foto: Archivo particular

La educación lasallana tiene una gran tradición en el país y el mundo. Foto: Archivo particular

Redacción En las aulas


Al encontrar los libros de Bruño, en una de las librerías añejas de Quito, la sorpresa fue mayúscula. Porque tener en nuestras manos, aquellos textos en los cuales aprendimos Castellano y Matemática, nos llenó de sincera emoción.
Tinta y canuteros

Eran los tiempos en la Escuela de los Hermanos Cristianos de La Salle, cuando recibíamos las primeras lecciones de Gramática y Matemática, con la firmeza que solo ellos imprimían en las aulas y el sustento espiritual del Hermano Miguel, santo patrono de la institución, destacado no solo en su condición de religioso sino también en la de maestro.

Era la época de los famosos rangos -filas de estudiantes- que caminábamos en las calles, cuidándonos unos a otros; del carril de cuero, llenos de libros, cuadernos, tintas y canuteros, y del recordado ‘cucayo’ -sin chitos como ahora-, compuesto por máchica con manteca, tostado, caca de perro, bolas de maní, chifles y oritos.

Y de la presencia -siempre omnímoda- de los hermanitos cristianos, quienes nos hacían sufrir con sus ‘cachas’, con sus deberes largos y los golpecitos en las manos, cuando no sabíamos las lecciones que nos mandaban a aprender.

Encanto

Así y todo nuestra infancia en la primaria fue un encanto, por la vida maravillosa que disfrutábamos en la chacota diaria, los deberes con tinta azul y roja, los certámenes sobre la historia de límites, los concursos de ortografía y caligrafía, los juegos en los recreos, las carreras en zancos y los casi frecuentes trompones, donde los ñinos se sacaban ‘chocolate’.

Bruño en escena

Al principio pensamos que Bruño era un niño gruñón, pero luego aprendimos a conocerlo, a aborrecerlo, primero, y... después a amarlo para siempre.
Los libros de Bruño, en primer lugar, eran ‘pesados’, no solo por el bulto sino porque nos causaron muchas problemas e inclusive lágrimas... de cocodrilo.


¡Es que Bruño era tan duro como un puño! En verdad, las lecciones de la colección Bruño -Castellano y Matemáticas- debían ser aprendidas, muchas de ellas de memoria, gracias a la didáctica impuesta por los hermanitos, que aplicaban con rigor el método más reconocido y aplaudido entonces: “Que la letra con sangre entra”.

Y claro que entró, no a la primera ni a la segunda sino a la tercera; es decir, cuando sonaba la ‘chasca’ y quedábamos en babia en un abrir y cerrar los ojos.
Bruño, el amigo

Pero los hermanitos cristianos no eran bravucones, como muchos creen. No. Eran buenas personas. Nos preparaban para ser buenas personas -con pañuelo, bien lustrados los zapatos, bien bañados y bien cortados el pelo (al estilo cadete). Decían que para triunfar en la vida era necesario disciplinarse, no dormirse sin hacer los deberes y aprender las lecciones. Y después jugar la pelota.

El punto era que todo alumno lasallano debía hablar y escribir correctamente, realizar las cuatro operaciones aritméticas -al revés y al derecho-, andar sin patear las piedras, saludar a los mayores, entonar el Himno Nacional y... dominar a Bruño, el “amigo de los niños”. Nuestro amigo del cuento, pese a todo se siente feliz y grato con los hermanitos -incluido Bruño-, que con el paso del tiempo se le recuerda con cariño, ¡Qué lindos aquellos tiempos!